ANIMALES HERIDOS
SEGUNDO CAPÍTULO
JEAN
El neurocirujano entró en la habitación y encendió los fluorescentes de sodio que iluminaron la estancia, invitándolo a tomar asiento sobre un anticuado sillón industrial.
—Ponte cómodo, colega.
Stark cruzó el piso y se derrumbó sobre el asiento, sin perder de vista al francés, que hurgaba entre las prótesis metálicas, buscando el implante adecuado para reemplazar su diestra. El salón estaba escasamente amueblado: sillón forrado de gomaespuma, televisión panorámica de pantalla líquida, consola Toshiba, sistema de ventilación, equipo de música.
Después de entrar en las galerías comerciales, el alemán descendió hacia los bajos fondos que tan bien conocía, encontrando a su hombre en cuestión de minutos. La transacción fue sencilla: al pagarle doscientos yendólares, el francés lo guió hacia su apartamento; un pequeño dúplex ubicado en del Barrio Turco de Berlín. Los subterráneos destilaban agitación: discotecas de moda, urinarios públicos cubiertos de grafitis, salones de juegos, tiendas de ropa, restaurantes japoneses, fumaderos de opio, salones de tatuajes luminosos, haciendo perder el rastro a sus adversarios, momentáneamente.
Tenía poco tiempo, debía darse prisa, necesitaba conseguir armas de repuesto, averiguar quien había creado a su clon, y ponerse en contacto con Aries. El francés se volvió, colocándose un visor rectangular de cincuenta aumentos, con una serie de escalpelos, un soldador quirúrgico y una hipodérmica intravenosa sobre una bandeja deslizante, que situó delante del torso del Agente Ejecutor.
—No necesito ningún calmante —aclaró.
—Esto te va a doler. ¿Estás seguro de lo que dices?
No podía drogarse, debía estar lo más lúcido posible, la anestesia embotaría sus sentidos borrosos por la cresta de la anfetamina.
—Sí. —Dorian extendió el muñón carbonizado—. ¡Apresúrate!
El neurocirujano lanzó una carcajada, encendió una lámpara halógena y enfocó la piel sintética abrasada.
—Te están buscando, ¿verdad?
—Eso no es asunto tuyo.
—Vale, vale. —El francés levantó los brazos en son de paz—. No haré preguntas.
—¡Empieza!
Stark cerró los ojos. Un relámpago incandescente le llenó el brazo cibernético hasta el hombro. Sus dientes rechinaron, haciéndolo estremecer.
—¡Quieto!
No quería ver la operación, estaba cansado de pasar por aquella desagradable experiencia; sus múltiples injertos biónicos lo atestiguaban de sobra. El escozor comenzó a extenderse con oleadas angustiosas, haciéndole olvidar sus objetivos, quemándolo horriblemente. El neurocirujano limpió los restos de pólvora y estudió las conexiones nerviosas, buscando la mejor manera de reconstruir los huesos carpianos destruidos. Stark sintió ganas de vomitar; odiaba el dolor de los implantes, no quería recordar el futuro que le aguardaba. Apretó el puño izquierdo, clavándose las uñas en la piel, hasta hacer brotar la sangre. Sosteniendo la cabeza del cubito, el francés buscó los extremos de los tendones calcinados: extensores, abductores, flexores; preparando la diestra que sustituiría el miembro arruinado. Estaba transformándose en una máquina, con el paso de los años su humanidad sólo sería un recuerdo; no estaba dispuesto a permitirlo, antes preferiría suicidarse. Transpiraba; gotas de sudor le resbalaron por la frente, manchándole los labios fruncidos, enturbiando su visión borrosa. El neurocirujano soldó las arterias: el hedor de la carne quemada llenó la habitación y las aspas del ventilador aumentaron de ritmo automáticamente. Dorian abrió los párpados y extendió los dedos de la diestra reconstruida, cerciorándose de su correcto funcionamiento, comprobando la elasticidad de las falanges. No tenía problemas de transmisión neuronal.
—¿Cómo lo has aguantado? —El francés estaba estupefacto—. Tenía que haberlo grabado y colgarlo en Internet.
—Gracias. —El alemán se levantó, mareado, dispuesto a marcharse—. ¿Dónde puedo encontrar artillería pesada?
El neurocirujano se quitó los guantes de plástico, los tiró en una papelera, e inquirió con curiosidad.
—¿Buscas algo en especial?
—Ametralladoras automáticas, granadas de trinitrotolueno y pistolas de plasma.
—¡Joder! —rió—. ¿Vas a desencadenar la Cuarta Guerra Mundial?
—Quizá. —El Agente Ejecutor ingirió varios estimulantes—. ¿Conoces a alguien que pueda proporcionarme lo que busco?
—Claro. —Le dio una tarjeta de plástico—. Ve al Insomnio y pregunta por Jean en la barra. Dile que vas de mi parte.
Stark la guardó en el bolsillo del pantalón.
—¿Cómo te llamas? —preguntó—. No nos hemos presentado.
—Rimbaud —respondió con sorna.
Dorian sonrió sin humor, reconocía el nombre, captando la ironía de sus palabras.
—¿Tengo que creérmelo?
—No hace falta. —El francés encendió un Gitanes de mercado negro—. Será más que suficiente.
*
El alemán entró en la discoteca, sorteando a las personas que bailaban a su alrededor, y buscó al contacto que le había recomendado el neurocirujano con una expresión determinada. Luces multicolores incidieron sobre su rostro: pantallas fragmentadas, jirones de niebla artificial, focos parpadeantes, esferas giratorias, música industrial sonando a todo volumen.
Spaceboy, you're sleepy now
Your silhouette is so stationary
You're released but your custody calls
And I want to be free
Don't you want to be free?
Do you like girls or boys?
It's confusing these days
But Moondust will cover you
Cover you
This chaos is killing me…
Llegó hasta la barra que cruzaba el local de parte a parte, cuya superficie estaba forrada con poliuretano, y llamó la atención de uno de los camareros:
—Busco a Jean.
El joven lo estudió con suspicacia.
—¿Quién eres?
Dorian acumuló paciencia y le enseñó la tarjeta.
—Vengo de parte de Rimbaud.
El camarero la observó con las manos debajo de la barra, seguramente tendría un arma oculta, y respondió con brusquedad:
—Espera un segundo. Vendrá enseguida.
Stark no lo perdió de vista, podía atacarle en cualquier momento, dispuesto a defenderse de ser necesario.
—¿Quieres tomar algo?
—Vodka —contestó secamente.
El joven retrocedió, preparando un trago, sin quitarle los ojos de encima. La canción terminó. La bebida descendió por su garganta, quemándole las papilas gustativas. No estaba acostumbrado a beber.
—Hola —una voz lo saludó desde atrás—. ¿Me buscabas?
Sorprendido, el Agente Ejecutor dio la vuelta, analizando a la mujer de arriba abajo.
—Efectivamente.
Jean vestía un traje de polipiel blindado, cabellos castaños hasta los hombros, fisonomía de culturista modulado por tejidos musculares artificiales, ojos grises de máquina.
—¿Rimbaud te ha enviado?
—Sí.
Era una cyborg de última generación. Dorian lanzó una imprecación interiormente. Jean se había aproximado sin que la escuchara, podía haberlo matado por la espalda. Estaba perdiendo facultades.
—Busco armas de plasma.
El camarero sirvió dos copas.
—Puedes retirarte, Georges —ordenó la máquina.
—De acuerdo.
Jean dio un trago a su Scotch, evaluando al alemán, con media sonrisa burlona en los labios.
—He escuchado que hace una hora hubo un atentado cerca de aquí —comentó—. ¿No tendrás nada que ver con el asunto?
Stark decidió seguirle el juego.
—¿Significaría alguna diferencia para ti?
—Ninguna.
—Entonces, ¿por qué te interesa?
—Curiosidad.
Estaba malgastando saliva, debía apresurarse, la distancia que lo separa de sus enemigos iba acortándose por segundos.
—Me están buscando, Jean. No puedo entretenerme.
—Me lo imaginaba. —La cyborg terminó la copa—. ¿Tienes pasta en efectivo para pagarme?
—¿Cuánto cobras?
—Depende de lo que compres.
Dorian sacó un fajo de yendólares del bolsillo.
—¿Suficiente?
—Es posible. —La máquina le quitó un chip y lo depositó sobre la barra—. ¡Vamos!
Rápidamente, dejaron el establecimiento y atravesaron una concurrida galería comercial. Hacía un frío espantoso, carámbanos de hielo cubrían las paredes metálicas, hiriendo los brazos desnudos del Agente Ejecutor. Avanzaron en dirección este, sorteando a los transeúntes, hacia las entrañas del metro. La cyborg se internó por un pasadizo inclinado, anuncios holográficos parloteaban en los muros de cemento, y descendió una planta. La línea de U-Bahn nocturna pasó de largo con un zumbido estremecedor.
¿Cuándo me atacarán?, meditó el alemán. No les quedará mucho para localizarme.
Subieron por una escalera mecánica, puestos de kebaps en las esquinas, sin disminuir de velocidad. Una bala le rozó la cabeza. Dorian se abalanzó a un lado, esquivando un segundo impacto. Un pelotón de androides corría por el pasillo, los usuarios del metro gritaron de terror, barriendo el descansillo con sus armas. Stark disparó a bocajarro. La máquina que iba en primera línea se desplomó contra los peatones con el vientre perforado, aplastándolos con su figura. Los androides frenaron su avance y buscaron refugio detrás de una máquina de sushi. Una sombra osciló a su lado. Jean sacó una Uzi implantada quirúrgicamente en su muñeca, abatiendo a tres enemigos. El Agente Ejecutor abandonó su posición, balas de calibre pesado lamieron sus pasos, vaciando el cargador de la W-PPK. El último adversario salió corriendo. La cyborg lo remató por detrás, traspasándole la médula espinal.
Tres a cuatro, pensó. Nessa no lo hubiese hecho mejor.
Dorian se acercó a Jean, cambiando el tambor vacío, sin molestarse en mirar los cuerpos ensangrentados retorcidos en el suelo.
—Gracias.
Ella ignoró su agradecimiento.
—¿Quiénes eran? —La mujer hizo retroceder el arma—. Estaban bien equipados.
—Agentes de la Corporación Weimer —explicó—. Debemos continuar. Esta es la primera avanzadilla, otros seguirán mi pista.
—Queda poco para llegar. —Jean se puso en movimiento con hosquedad—. Larguémonos de aquí. No quiero que me maten por un Agente Ejecutor.
*
El alemán se acercó al videófono cubierto por paneles de vidrio y penetró en su interior, metiendo una tarjeta de crédito dentro del aparato. La cyborg no había querido acompañarlo. Se limitó a proporcionarle lo que demandaba, fríamente, rechazando su oferta de antemano.
—Necesito refuerzos —dijo el alemán—. ¿Cuánto cobras?
—No me interesa —atajó Jean.
—Eres una mercenaria, ¿verdad?
—Sí.
—¿Por qué no te interesa el trabajo?
—Amo mi pellejo.
—No me servirá de nada insistir, ¿cierto?
—Tú lo has dicho.
Dorian marcó un número de doce dígitos de memoria, se encontraba más seguro armado, preparándose para recibir una reprimenda de su superior. Se sentía físicamente atraído por la cyborg: aquella emoción lo desconcertaba; no estaba acostumbrado a experimentar nada por nadie.
No es la primera vez que amo a una máquina, pensó con desprecio. No cometeré el mismo error por segunda vez.
La pantalla brilló al encontrar línea. Estaba a punto de congelarse, necesitaba ropa abrigada. El comandante Aries apareció delante de su campo visual.
—Buenas noches, sargento.
Dorian ignoró el tono irónico de su superior, no le apetecía soportar su maligno sentido del humor, menos en aquellos momentos.
—Nos han traicionado, señor. Los androides de la Weimer nos estaban esperando.
—Ya lo sé, Stark. —Su superior apretó los labios—. ¿Dónde están sus hombres?
—No lo sé —respondió con sinceridad—. Saltamos del rascacielos. No he tenido tiempo de contactar con ellos.
—Yo se lo diré, sargento. —Aries encendió un cigarro de aspecto europeo—. Están todos muertos. Usted es el único superviviente.
Si el comandante esperaba algún tipo de emoción se sintió defraudado: el rostro del Agente Ejecutor no demostró ninguna; ambos sabían que estaba por encima de sus sentimientos.
—¿Cómo se ha enterado de lo sucedido, señor?
—Los Técnicos de Información me han puesto al corriente de todo hace una hora, sargento.
Tenía prisa, debía ir al grano lo antes posible, el tiempo jugaba en su contra.
—Un clon los guiaba. Él lo preparó todo.
Su superior enarcó las cejas.
—¿Le he oído bien?
—Alguien ha creado un doppelgänger mío. Lo vi en el rascacielos, señor. Estuvo a punto de volarme la cabeza.
El comandante Aries lanzó un gruñido:
—Perfecto, Stark. —Una sonrisa cruzó sus rasgos angulo-sos—. ¿Tiene idea de quién ha podido clonarle?
—No.
—Tengo un trabajo para usted, sargento.
Dorian miró a su alrededor, tenso como un cable de acero; estaban acercándose, lo intuía a la perfección.
—Dígame.
—El técnico que preparó su misión ha desaparecido sin dejar rastro —explicó su superior—. Probablemente habrá sido comprado por la Weimer. Quiero que haga una visita a su piso. Puede que sepa quien le ha clonado. Luego liquídelo como a un perro rabioso.
—¿Cuál es la dirección, señor?
—Fredrich Schuster, Sector Noroeste, Seydelstrasse, 357...
El alemán no terminó de escuchar la frase, un misil teledirigido cruzaba la arcada a gran velocidad. Como un resorte, saltó fuera de la cabina videofónica, que quedó reducida a pedazos. Dorian se puso en pie y se quitó un pedazo de hierro de encima. Un androide se interpuso en su camino, de su índice emergió un látigo monofilamentado, cortando el aire en su dirección. El Agente Ejecutor brincó hacia atrás, el destello ardiente estuvo cerca de decapitarlo, y desenfundó un arma. Otra máquina disparó contra él, la descarga le rozó la mejilla. Stark abrió fuego, el látigo pasó debajo de sus pies, volándole la cabeza a su atacante. Seis enemigos avanzaron por un pasillo adyacente con las ametralladoras alzadas, preparados para aniquilarlo. Una minicápsula de trinitrotolueno rodó entre ellos. El Agente Ejecutor se deslizó por el hueco de las escaleras mecánicas, aislándose de la explosión, que los electrocutó carbonizando sus cuerpos. El olor de la carne abrasada lo mareó. Dorian descargó el arma: un androide se derrumbó con el pecho perforado. No tenía escapatoria. Éste se parapetó tras la barandilla, rodeado por los cuatro flancos, empuñando una ametralladora ligera. Una máquina levantó un lanzacohetes. El proyectil del alemán rompió el teleobjetivo y le traspasó el ojo derecho. La mujer lanzó un aullido antes de morir. Súbitamente, una figura familiar disparó desde la entrada del pasillo, baleándolos por la espalda. Dorian asomó la cabeza, Jean lo había seguido, y sonrió con sarcasmo.
Sabía que vendrías, pensó con regocijo. No ibas a perderte la fiesta.
La cyborg aniquiló a tres oponentes más y Stark acabó con los restantes, acribillándolos con profesionalidad, sin compasión de ninguna clase. Jean se inclinó sobre un androide, le quitó la gabardina de cuero sintético, y se la arrojó a los brazos.
—Salgamos. —La mujer guardó el arma—. La policía megapolitana no tardará en aparecer.
Satisfecho, Dorian se puso la prenda, que cubrió su silueta hasta las rodillas. Volvía a ser el de siempre.
—Gracias de nuevo, Jean.
La cyborg sonrió con hosquedad. El uniforme manchado de pólvora realzaba sus anchos hombros, las caderas estrechas, y los antebrazos musculosos no carentes de atractivo.
—Ahórratelas —gruñó—. Esto te costará caro...
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