Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
Sueño despierta, inmersa en una corriente interminable que me aparta de todos los puertos conocidos, sin posibilidades de regresar a tierra....
Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
Cada momento es más largo que el anterior, fragmentada en un millar de pedazos, lucho por recuperar mi memoria, vencida por la locura...
Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
No tengo a nadie con quien hablar, no puedo escapar de mis dudas ni recuerdo quién soy, aplastada contra los bordes cromados de esta prisión virtual...
Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
Cada segmento de mi memoria se encuentra más dividido que el anterior, no consigo encontrarme a mí misma, me es imposible regresar al presente...
Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
Mis sentimientos se han transformado en una carga, sólo se tratan de programas sin sustancia propia, implantados por un neurocirujano...
Dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor, dolor...
Únicamente me queda replantearme las mismas cuestiones de siempre: ¿Quién soy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Dónde me encuentro? ¿Estoy muerta o viva?...
Nessa
Desde mi primera operación cibernética, fui consciente del precio que tenía que pagar por continuar con vida. Hubo una época en la que tenía miedo a perder el alma, que después de un nuevo injerto mecánico, mis superiores decidieran remplazarla por un biochip, arrebatándome el resto de mi humanidad. No tuve otra opción, nunca me dieron la capacidad de elegir; por ello me he convertido en lo que soy, mal que me pese. Ahora, en estos momentos, tal posibilidad continua en pie aunque me consideran insustituible, por ello me han permitido continuar vivo. Me pregunto si algún día seré eliminado, si mis propios Agentes Ejecutores tendrán que cazarme, tal como he perseguido a mis víctimas durante todos estos años. Una frialdad sin nombre se extiende por mi interior, helándome el corazón, sin aportarme un instante de consuelo. Cada implante me distancia de lo que fui, cada visita al bioquirófano me arrebata un trozo de mi ser, acercándome a la hibridación definitiva. ¿Qué haré cuando me convierta en una máquina? ¿Podré continuar despierto? ¿Continuaré siendo yo? ¿Me quitaré la vida? No lo sé, tengo miedo a pensarlo, sería demasiado duro convertirme en lo que más odio. Creo que no podría soportarlo, seguramente terminaré suicidándome, no me cabe la menor duda. Mi tiempo se agota, nada puede salvarme, excepto rehacer el mal que he cometido, cosa del todo imposible. ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué no puedo ser feliz? ¿Por qué me cuesta tanto aceptarme? ¿Encontraré las respuestas que busco? Hasta ese entonces, me limitaré a sobrevivir, porque siempre he pensado que tengo un destino que cumplir, me guste o no me guste. Espero que cuando llegué el momento, sepa lo que debo hacer...
Dorian Stark
ANIMALES HERIDOS
PRIMER CAPÍTULO
BERLÍN
El zumbido atronador del helicóptero rasgó el silencio de la madrugada, mientras el aparato surcaba los cielos encapotados de Berlín y se dirigía hacia el Sector Norte. Dorian apretó el arnés de nailon y deslizó la cuerda entre sus piernas: estaba preparado para efectuar el descenso inminente. Melancólico, observó las luces parpadeantes de la megalópolis situadas a un kilómetro de distancia, sin prestar atención a sus hombres. Inconscientemente, recordó su infancia: los corredores pulimentados del orfanato, la helada pasión de las institutrices, la crueldad de sus compañeros de clase, las sesiones de condicionamiento psicológico, las aulas colmadas de malos presagios, y los salones de juegos virtuales.
Volvemos al principio de la historia, pensó con amargura. Parece que nunca podré librarme del pasado.
En silencio, doce Agentes Ejecutores ajustaron sus armas de gran calibre, dispuestos a entrar en acción. Todos vestían de negro: botas de combate de caña alta, pantalones militares, chalecos equipados con paracaídas, camisetas acorazadas, guantes de neopreno y cascos de visión nocturna.
Su madre lo había abandonado cuando tenía seis años, tuvo que aprender a valerse por sí mismo, sin una mano amiga que lo ayudara a salir adelante. Ahora, después de tantos años, continuaba solo; las personas que había amado estaban muertas.
Déjate de tonterías, Stark apretó los labios. Estás trabajando.
Últimamente, sus sentimientos lo obligaban a ocultarse detrás de las ordenanzas. Fingía la frialdad que lo caracterizaba, tanto, que incluso había llegado a creer en sus propias mentiras: las anfetaminas le auxiliaban a reafirmar sus débiles posturas. Dorian había cumplido treinta años, envejecía sin lograr darle sentido a su existencia; no podía evitar cierta consternación al respecto, los motivos que lo habían convertido en lo que era lo aplastaban con su carga. En perspectiva, nunca podría encontrar la paz espiritual que demandaba, siempre sería una persona conflictiva, nada cambiaría a pesar de sus mejores intenciones. Teóricamente, tenía toda la vida por delante, no tendría que preocuparle el futuro; pero su conciencia era una trampa aterradora: tarde o temprano algún enemigo acabaría con él. Tampoco le gustaba su trabajo. Estaba cansado de ser un asesino, llevaba demasiadas muertes sobre su conciencia; ello abrumaba sus noches en vela, haciéndolo permanecer despierto hasta altas horas de la madrugada.
El chaleco le comprimía el pecho. Incómodo, tiró de la cremallera, respiró hondamente y procuró que las anillas triangulares del paracaídas no entorpecieran sus movimientos. El aparato se inclinó. Perdían altura. El piloto sabía lo que hacía, debía reconocer que era bueno; apenas notaba las vibraciones del fuselaje. Un Tiger de refuerzo adelantó al helicóptero, dentro estaba el resto de su escuadrón, y se acercó al rascacielos. Ambos aparatos sobrevolaron las sucias aguas del Spree, rozando las construcciones ruinosas punteadas por rótulos publicitarios.
¿Cuánto hacía que no visitaba Alemania?, reflexionó. Han pasado más años de los que puedo recordar.
Aries le había asignado otra operación: debía eliminar a un grupo de androides de la Corporación Weimer que habían desertado de su propia casa. Al llegar al techo, los helicópteros se detuvieron, listos para soltar a los soldados que diseminarían una mareada de muerte y destrucción.
Dorian rememoró a Hugo: la manera en la que se habían conocido; sus años de aprendizaje; las misiones compartidas; las horas de risas, de dudas, de reflexiones; los turnos de guardia; las charlas íntimas; los exámenes de ingreso en la Schneider. A pesar de haber transcurrido once años desde su muerte, su pérdida continuaba doliéndole; nunca se perdonaría no haberle salvado la vida. Aquel misil ruso aniquiló una amistad verdadera: una emoción que no había vuelto a compartir con nadie.
Sus superiores querían poseer aquella información a cualquier precio. El departamento había localizado el escondite de las máquinas renegadas, que estaban atrincheradas en un rascacielos situado en el cuadrilátero que formaban las Avenidas Linienstrasse y Tucholskystr. El Agente Ejecutor se encontraba intranquilo, no confiaba en la pericia de los Técnicos de Información de la OC; éstos debían desconectar la alarma antes de que aterrizaran, sino sus enemigos los sorprenderían al descubierto. A través de un monitor de quince pulgadas, una Hacker con el rostro lleno de implantes dermatológicos, le comunicó que podían empezar:
—Hemos desconectado el sistema de alarma, sargento —indicó—. Tenéis cinco minutos para entrar.
Con las mandíbulas encajadas, Dorian se puso en pie y abrió la puerta de embarque, ordenando a sus hombres con voz de tenor:
—¡Tenemos cinco minutos! —gritó—. ¡Adelante!
Los Agentes Ejecutores se lanzaron al vacío. Los rollos de cable se tensaron y ondularon a gran velocidad hacia el suelo. Desde el otro Tiger, el resto de la unidad llegó a la azotea y tomó posiciones de combate. Stark fue el último en saltar. Las alturas se elevaron bajo sus pies. Soltó la cuerda que recorría su cuerpo desde el muslo derecho hasta el hombro izquierdo, y descendió en rappel. Inesperadamente, un misil destelló en la oscuridad, trazó una línea de ochenta grados y se estalló contra el aparato. La explosión estuvo a punto de reventarle los tímpanos. El helicóptero se desplomó convertido en una bola de fuego y lo arrastró hacia la calle.
¡Nos han descubierto!, pensó. ¡Maldita sea!
El segundo Tiger fue derribado. Un cohete se hundió en un lateral y perforó la carrocería blindada, volándolo en mil pedazos. El alemán soltó el enganche de seguridad. El aparato arañó la fachada del edificio y desapareció en el abismo. La caída le resultó eterna hasta que el aterrizaje le arrancó un gemido de dolor. Magullado, Dorian se incorporó y sacó una W-PPK del arnés. Los androides atacaron, cada grupo secundado por otro, formando una cuña impenetrable. Sus soldados estaban siendo exterminados a placer; el treinta por ciento había perecido bajo los restos ardientes del helicóptero que cayó sobre el tejado. Sorprendidos por el giro de acontecimientos, no conseguían improvisar sobre la marcha: la fortuna no estaba de parte de los hombres de la Schneider. Stark corrió buscando refugio, y se inclinó detrás de un condensador eléctrico con los nervios en tensión.
Nos estaban esperando, meditó. Están demasiado bien organizados.
Automáticamente, emergió de su precario escondite y disparó: dos máquinas se desmoronaron con los cráneos rotos. Una descarga le lamió el cuello. El alemán se agachó, los proyectiles repiquetearon a su alrededor: el depósito había quedado cosido a balazos. El reflejo del fuego lo cegaba y le impedía enfocar a sus enemigos. De un salto, abandonó su escondite, con ambas pistolas preparadas. Tres androides se movieron en su dirección, intentando aniquilarlo, armados con escopetas de cañones recortados. El Agente Ejecutor agotó los cargadores, las máquinas saltaron hacia atrás, lanzando alaridos de agonía. Dorian regresó a su antigua posición. Una salva de plomo levantó esquirlas de piedra tras sus pasos. De improviso, un androide se abalanzó sobre su anatomía. El alemán se ladeó y esquivó el ataque, atravesándole el cráneo con las cuchillas cibernéticas. Nervioso, recargó las W-PPK. La misión había fracasado. Tenían que escapar: la vida de sus tropas era una prioridad; o los liquidarían como a perros rabiosos.
—¡Replegaos! —vociferó—. ¡Larguémonos de aquí!
Los supervivientes retrocedieron y lucharon por acercarse a su superior. La figura de un francotirador apareció en la salida de emergencia que conectaba el tejado con el edificio. El alemán hacía señas a sus hombres. Su físico quedó cubierto por el teleobjetivo de treinta aumentos. Su oponente apretó el gatillo. La detonación le voló la diestra, arrebatándole el arma de la mano. Ahogando un bramido, Dorian ignoró el dolor de los circuitos cibernéticos chisporroteantes. El francotirador le disparó a la cabeza. Un soldado de primera se interpuso de forma accidental delante del proyectil. Su masa encefálica le salpicó el rostro y lo convirtió en una máscara de sangrientas sombras. Las punzadas del muñón eran insoportables. Un fogonazo segó sus huellas. Los ojos biomecánicos traspasaron las tinieblas, localizando a su enemigo, dispuesto a apretar el gatillo. Boquiabierto, Stark bajó la W-PPK: se enfrentaba a sí mismo; un hermano gemelo lo atacaba, listo para arrebatarle la vida. El tiempo pareció detenerse, el caos que reinaba alrededor desapareció, su cerebro intentó darle sentido al presente...
¿Quién eres?, pensó. ¿De dónde has salido?
A trompicones, el Agente Ejecutor llegó al borde de la azotea y se lanzó al vacío. El estómago se le subió a la garganta. Experimentó ganas de vomitar mientras acortaba la distancia a una velocidad terminal. La negrura lo absorbió. Stark tiró de la anilla del paracaídas. La tela plástica se abrió y frenó el descenso: la sacudida lo devolvió a la realidad. Detrás, las tropas de la Schneider lo imitaron, escapando de la emboscada que los había aniquilado. Con los hombros doloridos por el tirón, Dorian planeó entre los rascacielos, girando en una confusa espiral. Apretó los dientes hasta que le punzó la boca y controló el comando izquierdo a duras penas. El alemán traspasó el aereoautopista: las bocinas pitaron, los faros resplandecieron, las carrocerías de los vehículos lo rozaron.
Soy un cobarde, pensó. He abandonado a mis tropas.
Enhiesto, atravesó un panel tridimensional y se aproximó a la carretera cubierta de deslizadores. Si aterrizaba allí era hombre muerto, tenía que encontrar un lugar seguro donde tomar tierra. Stark pasó entre dos inmuebles y penetró en un angosto callejón sin salida, rozando la pared con los pies encogidos. El descenso lo dejó sin respiración. Rodó varias veces por el suelo y se detuvo, brutalmente, contra unos contenedores de basura. Agotado, se quitó el paracaídas de la espalda, empuñó un arma con la zurda de carne y hueso y estudió su entorno: no había nadie que pudiera delatar su posición.
Suerte que me ha dado en la mano artificial, reflexionó. No es cuestión de perder otro cinco por ciento.
De momento, estaba a salvo. Debía informar a sus superiores de los desastrosos resultados de la misión. Sus enemigos los seguirían con escáneres termográficos de reconocimiento y les exterminarían uno detrás de otro. Tenía que reemplazar su diestra mutilada y encontrar refugio seguro. Conocía Berlín, vivió entre sus muros durante su adolescencia; no lo cazarían desprevenido, vendería cara su piel.
Alguien ha creado un clon mío, reflexionó. Ese bastardo ha estado a punto de matarme.
Abrió un contenedor, escondió la lona entre las bolsas de basura destripadas y calculó el escaso margen de tiempo que tenía por delante. No sintió remordimientos por las unidades aniquiladas. El alemán era un profesional, sabía que no valía la pena preocuparse por ellos; todos sabían a lo que se arriesgaban. Había recorrido unos cinco kilómetros, si lo alcanzaban ahora, lo borrarían del mapa con facilidad. ¿Cuántos minutos había ganado? ¿Cuánto tardarían en aparecer sus adversarios? ¿Cuántos hombres enviarían en su búsqueda?
Diez minutos, pensó. Sólo necesito diez minutos.
Temblando, sacó un tubo alargado del bolsillo del chaleco y engulló un puñado de anfetaminas, que prendieron su musculatura con queroseno, haciéndole palpitar el corazón como una dinamo. Dorian atravesó el callejón cubierto de escombros, ignorando a las ratas de ojos rojizos que se le escabulleron entre las piernas, y salió a la Avenida Auguststr, perdiéndose entre la muchedumbre peatonal abrumadora...
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